el jardín es muy verde. muy alto. muy profundo. Alicia canta una canción girando con Eli. yo hoy no tengo muchas ganas de moverme tanto. me gustaría meterme en la piscina y poder respirar debajo del agua y quedarme ahí toda la noche y toda la mañana y hasta, quizás, el domingo entero. pero mi hermano muy correcto nos dice en voz alta, pero sin gritar, que la cena está lista. que nos vamos a sentar.
la mesa es ovalada y grande. demasiado grande. vieja. como todos los muebles heredados. Eli no quiere sentarse. no quiere comer. quiere seguir girando dice. se encandila con la linterna que siempre lleva consigo. mi mamá le dice que se va a quemar los ojos. pero nadie cree que eso vaya a suceder. yo me imagino las cosas que siente Eli con el fuego. lo que siente con la luz tan cerca de su cara. me imagino que el sol directo entrando por los ojos debe sentirse tan tibio. y luego todo blanco. y luego todo rojo. fuego. animales. plantas. todo ardiendo en llamas.
- siéntate, Eli, siéntate- dice mi madre.
-aquí conmigo- le ruega Alicia. Eli deja la linterna, se sienta muy pegada a Alicia, y esta comienza a hacerle una trenza.
es extraña esta cena. hay algo raro. no sé bien qué. mis hermanos mayores hablan de una cosa y de otra. mi madre parece que no escuchara a nadie y mi padre mira fijamente la botella de vino. lleva algunos años sin beber. fue mi hermano el que le puso punto final al asunto. cuando su mujer quedó embarazada le advirtió a mi padre que jamás lo dejaría pisar su casa borracho. ni menos salir a pasear en su auto tan viejo y elegante como lo hacía con Alicia. mi padre simplemente dejó de beber. sin decir palabra a nadie.
una vez. cuando mi hermano tenía diecisiete años se levantó en la mitad de la noche y se acercó al mueble del bar. mi padre estaba tirado en el sillón escuchando un disco de tangos que siempre escuchaba cuando bebía demasiado. me imagino que apenas debe haber tenido los ojos abiertos. entonces mi hermano tomó todas las botellas que pudo entre sus brazos y caminó en calzoncillos hasta la cocina. ahí destapó primero una botella. luego otra. todas las fue vaciando en el fregadero. mi padre caminó hasta la puerta y contempló esa imagen en silencio. cuando mi hermano, un poco tembloroso y un poco valiente, vació la última botella, mi padre se acercó a él. muy cerca. giró la cara. contó las botellas y susurró unos cálculos. le dijo exactamente cuántos meses sin mesada le había costado ese gesto. así sin más. no hubo reflexión. no lo conmovió la obra de su joven hijo. ese pobre adolescente heroico. a pesar de incontables episodios como este, mi hermano siempre ha amado a mi padre. quién sabe por qué. porque es su padre, dirían algunos. pero eso no tiene nada que ver con el amor. eso lo sé yo muy bien.



























