miércoles, 8 de octubre de 2008

Nora


A M le hubiese gustado llamarse Nora, como su madre. Nora es un nombre diferente, no conozco a nadie, aparte de mi madre y una costurera de Conchalí, que se llame así. M es un nombre tonto y común, de buenos modales. M no aprecia especialmente a su madre y el gusto por su nombre no es un homenaje. Nora le parece un nombre feo, y por eso, hermoso. Quiere llamarse Nora porque sí, quiere decirle a cualquier persona que esas cuatro letras la componen para siempre, que Nora dirá en su tumba.
Me siento extraña desde hace un semana. Pienso que estoy embarazada. Fumo más que de costumbre por si fuera cierto. No creo poder ser madre. Hoy hice pipí en un vaso de vidrio esperando que la nubecita blanca se situara en la parte de arriba como dicen las abuelas que sucede cuando se está embarazada, pero la nubecita blanca se quedó al fondo del vaso. Sentí un falso alivio porque la verdad es que no creo en lo que dicen las abuelas. He estado pensando en cómo se lo diré a T. No podría decirle “T, vamos a tener un hijo” porque lo cierto es que no vamos a tenerlo. Le diría que pienso que estoy embarazada aunque el estúpido vaso de vidrio me haya dicho que no. Se lo diría y T me miraría con casi nada de asombro para luego decirme que soy tan infantil y abrazarme. Se pondría el abrigo y bajaría a la farmacia de la esquina.
T siente solemne respeto frente a las impresiones de M. Invariablemente existe algo de verdad en su misterioso discurso, piensa.
Alguna vez el médico de la familia le habría dicho a M, luego de someterla a incómodos exámenes, que sus ovarios serían demasiado pequeños y flojos como para embarazarse fácilmente.
La naturaleza sabe, creo que nunca seré madre. Si sucede, debe ser de improvisto, sin enterarme. Quizás T, en un inesperado acto de generosidad, quisiera hacerse cargo, quizás se embobe con la idea de ser padre, de tener una pequeña persona a la cual domesticar, quizás así yo me libraría de esta terrible equivocación natural. M se pierde en su entusiasmo. Tal vez si se lo plateara así, como el gran experimento de su vida, algo de lo que podría llevar un registro acabado, un niño encerrado desde el nacimiento que jamás ha visto un espejo, al que se le enseñará a hablar de determinada manera, que no conocerá la existencia del mar hasta avanzada edad, que T puede moldearlo, sí, investigarlo, sí, que T puede ser Dios.
Entonces M se acerca a la ventana, se detiene a mirar la palidez que siempre lleva encima y dibuja en el vidrio las mismas palabras que su padre acostumbraba arrojarle durante esas mañanas: una desgracia, M, eres una desgracia.

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3 comentarios:

Nac dijo...

he estado ido, no he escrito ni una sola palabra desde hace mucho tiempo, ahora que lo pienso tampoco he revisado lo de la cineteca; he intentado estudiar para la prueba, con poco éxito, he ido a trabajar, he jugado cartas como si no hubiese futuro. me distrae todo y aun así no me vienen ideas. haré lo posible para aparecer el viernes.

valeria meiller dijo...

es precioso.

valeria meiller dijo...

es precioso.